Suyo el poder
Suya la caída
Del Egipto primitivo
A espaldas de Ofero
El gran cuarzo a tiro de la comunidad de la seda
Descienden cuatro melodías frente a la cámara de la reina
Helada en lluvias
Para un siempre
Yo era un niño que observaba la luna llena y que le tenía miedo a los apagones, que no confiaba en los gatos hasta que un día, uno negrísimo rozó mi mano izquierda.
Al cabo de un rato se trepó a mi regazo y ganó mi mano derecha para sus caricias.
Obtuvo mi confianza para comer de mis pestañas -que luego escupiría sobre mi frente-
Secas las amontonaba para luego pasarme sus tetillas y su sexo cerca de la boca -apretada con fuerza hacia sí misma víctima de una higiene heredada-
Al finalizar sin éxito su primera tentación, se bajó de mi frente.
Quedé tumbado de espaldas, sólo para verlo transformarse en niña, bailando desde una pantalla, dibujando una serpiente.
Y me hizo que la amara, y que luego las amara a ambas, pero allí no había aventura ni nada nuevo -ni siquiera viejo-
Todo se resumía en la misma insulsa y rutinaria vuelta alrededor del borde de un caldero.
Salté de esa hojilla circular que hacía tiempo había perdido el filo.
Perdí la partida curtiendo lo distante.
Así, a solas escribo y a solas muero, sin interés por otra huida y sin siquiera interés por el miedo.
Empinada hacia sí, la catedral bermeja aparecía sin permiso. Una tras otra, agredían al cielo ventanas y picos. Sacerdotes errabundos lloraban. Viandantes lacerados ardían. En el frío, mil flagelantes salpicaban: piedras, calzadas, estancias. Un segundo más pedía aquel viajero. Un instante único, para escabullirse solo. Sin más tiempo remojó la hostia. Amenazó al cielo. Riendo sin demoras, como ángel exterminador.